La Coctelera

Cauces

Los sentimientos no debieran tener surcos
aunque la piel sufriese riadas,
crueles en ocasiones.

Puede que pérfida para los amantes que nunca lo fueron,
pero ante tus ojos mi yo etéreo no debiera disiparse.
Porque me amas hasta para renunciar
y yo a ti
aunque a veces no grite por ser sombra.

Tú, carne sagrada,
alma perfecta y terrenal.
Tuya soy
consciente de mi (auto) desprecio,
con nudos en el corazón,
pero tuya.

Metro

Lloriqueo en el andén,
absorta,
rodeada de ingravidez
pero con el alma aclerada hacia el centro de la Tierra.

Rememoro con urgencia
la alegría grabada en tus ojos,
desterrada en este preciso instante de los míos.

Gris y amarillo,
pienso que el mundo debería
ser ajerno a esta sensación
de obstrucción e impureza.

Doy vueltas sobre un eje ilusorio.

Me alejo del etnocentrismo destructor
para abandonarme a otra dimensión sin retorno.

Pero entonces un ruido
me hace levantar la cabeza.
Tu sonrisa translúcida traspasa el vagón
y me rescata,
divino remedio,
de este mal sueño subterráneo.

Alteridad

En algún momento me fui. Y no digo con ello que me desplazara, que hubiera sido lo menos grave. Simplemente me diluí, dejé de ser esencial porque no encontraba la esencia.

En un instante, que debió resultar como otro cualquiera, empecé a alejarme de mí misma. Sin darme cuenta imprimí a mi vida una pátina oscurecida de irrealidad. Sí, irreal me parecían los días. Y las noches, cada vez más largas.

No sé cómo llegué al abismo de la alteridad. Fue tan rápido... ¿Podría ser yo la otra persona que se reflejaba ante el espejo? Debía serlo, a pesar de que mi interior estuviera empeñado en rechazarlo, en odiar el odio.

La tristeza puede llegar. Y llegó por incomprensión, por dolor mal gestionado. Porque la vida es dura, pero yo no lo sabía. Ni tampoco lo rápido que puede latir el corazón.

Temía tanto a la muerte que me olvidé de vivir, de reír a carcajadas. ¡Qué estupidez!, dirás.

Pero así ha sido este viaje. Afortunadamente de doble sentido.

Lo que más siento es el sufrimiento, no sólo el mío. Sobre todo el de aquel que no degradó la luz en la que yo me sentía confortada, aquel que tenía derecho a un dolor mayor que el mío pero optó por la alegría, por el ahora. Por la compañía inquebrantable.

De aquel que cree en mí por encima de mis idas y venidas, de las hadas y el hado. Mi verdadero otro, mi justa alteridad.

Y es que se me olvidó que las violetas siempre florecen en primavera, año tras año. Gracias por recordármelo.

Sobre el amor

Hace poco alguien me dijo que el amor es terrorífico y desde entonces no he podido dejar de pensar en ello.
El amor no es terrorífico. Somos nosotros, a quienes nos pueden los instintos. Nosotros, que somos capaces de destrozar el mundo por amor.
¿Por amor? Al final, el amor es siempre el culpable. Todos le atacan y nadie se erige en defensor. Ni siquiera él mismo, devastado por la ingratitud de aquellos que una vez le dieron cabida.
El amor es lo más sobrenatural, pero también lo más humano que podemos experimentar. Pero no nos pertenece, más bien le pertenecemos. Y es que, incluso empeñados en destruirlo, el amor dura toda la vida.
No importa que sea un simple suspiro porque permanecerá latente en un lugar en el que deje tranquila a la racionalidad.
Aparte del amor, el ser humano disfruta de una infinita capacidad de superación. Y, por consiguiente, de aprender a amar una y otra vez desde el principio.
El amor tiene carácter divino y nos volvemos locos porque confundimos los fines y queremos poseer, y saciar la vida en un instante.
Erramos en la gestión del amor, a la que confundimos con su esencia. Nuestra corrupción ataca su pureza.

Pienso muchas cosas acerca del amor, pero es que además creo en él lo suficiente como para aparcar el pesimismo.

Porque al amar no hay que aprender a respirar, aunque a veces nos falte el aire. Porque el amor nos guía hacia la inconsciencia del pensar que todo es posible. Nos hace crédulos. Nos da forma, nos permite comprender la naturaleza de sujeto y objeto.
Incluso a veces, con suerte, nos da las alas para querer luchar y trabajar por él. Y es entonces, sólo entonces, cuando caemos en la cuenta de que no sólo queremos crecer al lado de otra persona, sino también consumirnos y terminar apagándonos.

Eso es lo que todos buscamos, hasta aquellos que se declaran detractores del amor. Que no son más que amadores aterrados, errantes taciturnos deseando amar desesperadamente.

Pdta: Tengo mucho más que decir al respecto.

Oscuridad

Hoy he echado de menos a Dios. Hay veces que lo hago, aunque no sea algo que me guste reconocer.
Pero cuando el mundo parece estar cerca de una irrealidad que poco tiene que ver con los sueños, mi cuerpo no puede sostener a mi alma.
Y pienso en Dios. Quizá para poder culparle de la mediocridad o de la soledad.
Sé que es una insensatez, pero sigo resistiéndome a pensar que el hombre es un lobo para el hombre.
Y quién soy yo para buscar culpables, te preguntarás.
La justiciera de pacotilla, la adolescente esperanzada, la periodista sin palabras.

Necesito encontrar unos ojos para el sosiego, tu respiración en mi nuca, palabras de consuelo en la noche. Que me salves de la locura.

La vida ya no es un juego y mi escepticismo se está convirtiendo en enfermedad.
¿Por qué te empeñas en seguir creyendo en mí si mi brillo desapareció?
Sólo soy el fantasma de la mujer que amasteis. Un espectro a tientas que tiene ojos inútiles en un escenario de oscuridad.

Hoy soy derrota, aunque prometo morir en el empeño de buscar la alegría que un día enterré en algún armario.

Desnudez

Quiero evaporar estos muros
retar a duelo a las ventanas encendidas de los edificios vacíos
quemar esta pantalla en blanco.

Quiero ponerme el vestido del atrevimiento
resurgir de la invisibilidad
ser descarada en una ciudad aturdida.

Quiero tropezar con tus ojos alentadores
sentir tus caricias en la luz de la noche
seguir conmovida por la inocencia.

Quiero enfrentarme otra vez al mar,
desnuda como siempre,
desde el olor de la sal a la incertidumbre del horizonte.

Quiero desterrar los miedos
volver a la vida
invertir en la alegría de un cielo cargado de hojas verdes.

Quiero nacer
encontrarte
y no esperar jamás.

Cosas que hacer antes de dejar Londres

A ver si soy capaz...

-Revisitar la Tate Modern y la Courtauld Gallery.
-Disimular que te quiero tanto.
-Ir al Victoria and Albert.
-Ver el musical de "Los miserables".
-Pasear por Hampstead Heath y Little Venice.
-Comprar unas flores en Columbia Road.
-Superar el mal humor.
-Ver una obra de Shakespeare en el Globe.
-Comerme un curry.
-Viajar a Bath.
-Empatizar con el pueblo inglés.
-Leerme un clásico.
-Disfrutar cada segundo de mi maravilloso trabajo.
-Gritar bajo la -habitual- lluvia.
-Superar mi adicción al capuccino.
-Escribir una vez al día.
-Alegrarme de oír tu risa en cada rincón, aunque sólo sea una ilusión.
-Asimilar que hay vida más allá de Efe.
-Cantar en voz más baja por la calle (y superar que no sé cantar).
-Cerrar los ojos sentada en la ribera del río y respirar hondo.
-Ser feliz por amar hasta en la distancia.
-Ver a Colin Firth.
-Entrar en el Parlamento y la abadía de Westminster.
-Alegrarme por vivir cuando abro los ojos por la mañana.
-Relativizar.
-Buscar a Banksy por la ciudad.
-Volver a mis 55 kilos en el gym y tener la tableta de chocolate de mi profesora de aqua.
-Disfrutar de la soledad elegida.
-Dejar de contar los escalones y los días que me quedan para volver a ti.
-Ser consciente de que ya soy una mujer, completamente.
-Sonreír más de cien veces al día.
-Estudiar para sacarme el carnet de conducir.
-No pensarte y repensarte las 24 horas del día.
-Esprintar para marcar el récord mundial en el camino de vuelta.

Ausencia

Cuánto te necesito.
Cuánto os necesito.
Os extraño.
Os quiero.