En algún momento me fui. Y no digo con ello que me desplazara, que hubiera sido lo menos grave. Simplemente me diluí, dejé de ser esencial porque no encontraba la esencia.
En un instante, que debió resultar como otro cualquiera, empecé a alejarme de mí misma. Sin darme cuenta imprimí a mi vida una pátina oscurecida de irrealidad. Sí, irreal me parecían los días. Y las noches, cada vez más largas.
No sé cómo llegué al abismo de la alteridad. Fue tan rápido... ¿Podría ser yo la otra persona que se reflejaba ante el espejo? Debía serlo, a pesar de que mi interior estuviera empeñado en rechazarlo, en odiar el odio.
La tristeza puede llegar. Y llegó por incomprensión, por dolor mal gestionado. Porque la vida es dura, pero yo no lo sabía. Ni tampoco lo rápido que puede latir el corazón.
Temía tanto a la muerte que me olvidé de vivir, de reír a carcajadas. ¡Qué estupidez!, dirás.
Pero así ha sido este viaje. Afortunadamente de doble sentido.
Lo que más siento es el sufrimiento, no sólo el mío. Sobre todo el de aquel que no degradó la luz en la que yo me sentía confortada, aquel que tenía derecho a un dolor mayor que el mío pero optó por la alegría, por el ahora. Por la compañía inquebrantable.
De aquel que cree en mí por encima de mis idas y venidas, de las hadas y el hado. Mi verdadero otro, mi justa alteridad.
Y es que se me olvidó que las violetas siempre florecen en primavera, año tras año. Gracias por recordármelo.