Ismael Serrano (Ya ves)
Hace ya muchos años que lo conocí, o eso creía yo. Desde la más absoluta inocencia asistí con sus palabras al despunte de mi vida, a veces protagonista y otras asomada desde bastidores.
De repente se abrieron tantas puertas que no sé muy bien cómo llegué hasta aquí. La intuición me echó un cable y la obstinación hizo el resto. A pesar del sentimiento y los tropezones me hice cargo de este barco. Con una fórmula variable de aciertos menos errores. Los conceptos de la vida cambian tanto de perspectiva que se necesita tiempo para entender que sólo es evolución, no cambio radical.
Al fin y al cabo me siguen gustando las canciones tristes, no he conseguido que mi madre se aprenda el comienzo de Tantas Cosas (bendito “si te vas los ángeles del parque seguirán muriendo”, jamás lo cambies), no puedo anular mis reacciones alegres, ser menos dadivosa con los amores, ni más generosa con mis enemigos.
Porque mis debilidades seguirán teniendo absoluta vigencia, qué narices. Que por los siglos de los siglos se me salten las lágrimas con Ya ves, que me ponga nerviosa en el patio de butacas antes de que el concierto comience, que me siga rindiendo al oír tantas historias.
Tenía 16 años, el corazón cansado y tantas ganas de vivir cuando asistí al primer concierto de Serrano que no sé cómo no di un brinco de la butaca y empecé a correr sin freno.
Acojo con tantas ansias la felicidad que cualquier día llegaré a ahogarla. Más o menos con la misma intensidad con la que me bebo los libros de Gabo. O envidio a García Montero y sus poemas divinos.
La belleza de las letras me cautivó desde niña, quizá por eso Ismael llegó justo a tiempo, con sus frases robadas, sus miradas melancólicas y sus revoluciones hechas canción.
Aunque con el tiempo todo se haya vuelto mucho más sosegado y haya adquirido un concepto justo, el valor de Ismael tendrá un lugar privilegiado por mucho que me empeñe en evitarlo. Por mucho que sus conciertos me sepan a menos, o ya no le escriba cientos de cartas.
No lo conozco, es cierto, pero he comprendido que no hay que desvirtuar los recuerdos idílicos, el encanto de las concepciones forjadas por la imaginación.
Le agradezco abiertamente el que contribuyese a forjar mi entereza, mis sueños y mi fuerza. Por todo lo que, sin querer, me dio. Por confirmar que valen más unos labios que la vida, que la ilusión mueve montañas y que ser idealista es lo mejor que puede haberme pasado en la vida.
Espero que perdone mis equivocaciones, el no haberle dejado un margen de tregua.
Le agradezco la inmensa felicidad de su réplica, mi mejor entrevista (si no en calidad, desde luego en emoción), sus ánimos para que cruzara la esquina, para que fuera valiente. Sigo viva…
Siempre habrá alguna Violeta en los patios de butacas, al otro lado de sus discos, en esa antípoda que se traduce en mi existencia.
Mis mejores deseos, Ismael.
Salud.

marta dijo
Me alegro de que hayas retomado el blog :-). Para el próximo capítulo vamos a tener que esperar otros tres meses;-)?
besitos desde Bélgica
Marta
13 Marzo 2006 | 04:59 PM