Nunca había entendido a los poetas que escribían cantos de amor a las ciudades, algo tan inerte e impersonal. Por fortuna, el destino es sabio y nos coloca frente a frente con la falta de creencia o de miras.
He aprendido lo que es ser urbanita en Madrid, ciudad personaje de mi vida. Me he comprendido en sus calles, he crecido en sus noches, he llorado en sus plazas. Y me he superado inmersa en sus fríos.
No hay ciudad más cálida y versátil que ésta. Individual y ávida de secretos, Madrid te embruja después de haberte zarandeado para descubrir si mereces sus encantos.
Puedes elegir compañía o nutrida soledad. Siempre está dispuesta a hablarte, a ayudarte en la duda.
Vivo una historia de amor con esta ciudad. Creciente, como sus latitudes; intensa, como sus gentes.
No sé cómo voy a existir sin ella, huérfana de pasión. O lo que es lo mismo, cómo aprenderé a no perderme sin ti.
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¡Qué potito!
Si es que no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo "perdemos"...
Que se sucedan esa serie de trivialidades divinas debe ser la fórmula de la felicidad. Esa que parece que no exige grandes esfuerzos. Esa que no conoceremos los que dejamos todo para mañana, y estudiamos solo la última noche.
Felicidades familia.